viernes, 19 de noviembre de 2010

Lago Rivadavia



No todo es como lo solemos recordar. Los recuerdos siempre vienen cargados de matices. A veces, un ideal.

Rememoramos un lugar de acuerdo al clic fotográfico. Esa foto tan bella, te dicen en casa tus amigos.
O también a cómo lo hayamos vivido desde un vehículo o una bicicleta o caminando.

Pero los lugares no vuelven a ser los mismos cuando se regresa por una segunda vez. Simplemente son diferentes, otras experiencias, otra gente.

Y eso me sucede en el Lago Rivadavia, hoy.

Foto de postal : yo hace dos años sentada sobre el tronco de un árbol muerto, que creció torcido y metió sus ramas dentro del lago, el agua de glaciar.

Hoy : el árbol sigue allí pero invadido por personas que se sientan sobre él. “Parece un animal prehistórico”, dice alguien por allí.

Y yo ya no tengo mi momento íntimo con el árbol ni con el lago ni con esos bosques de alerces, árboles viejos con troncos gruesos. Mucha gente, demasiada gente. Otra experiencia.

jueves, 11 de noviembre de 2010

El ojo de bife


Casi en la cola de América del Sur. A pocos kilómetros de Ushuaia la ciudad más austral. Ingresando a pasos agigantados hacia el fin del mundo.

Ahora estamos en la región de los lagos, en la ciudad de San Carlos de Bariloche (Argentina), a 2700 kilómetros de Ushuaia. Nos quedan cuatro semanas en nuestra ruta. El tiempo ahora sí pasa volando como el viento que sopla muy fuerte en estas regiones y nos quiere llevar volando.

Bariloche es una ciudad al pie de un enorme lago de aguas transparentes llamado Nahuel Huapi.

Estamos alojados en un buen hotel. Desde mi habitación puedo ver el lago. Y disfrutar el atardecer. Este sí fue un buen día de descanso.






En nuestro próximo itinerario viene Chile y su carretera austral. La carretera austral es muy famosa por ser la más aislada del país. Pinochet la construyó para unir a los pueblos del sur. Allí estaremos dentro de tres días, el domingo, en una de las zonas más bellas de Chile. Siete días de ruta hasta Coyhaique.

Esta noche hemos comido un bife argentino en un restaurante demasiado bueno "Tonys". El cocinero, un tipo llamado Tony, es un gordo pasado de kilos que de profesión debe ser carnicero. Corta la carne con un enorme cuchillo bien afilado y sus manos grandes y gruesas no tienen reparos. Hoy me comí casi una vaca entera, creo que me sirvió medio kilo de "ojo de bife". ¿Qué es eso? Un pedazo de carne que viene de la nalga de la vaca, y que ocupaba la mitad de mi plato (parecía el Matterhorn o Alpamayo en carne). Me costó mucho tiempo poder conquistar la cima de esa delicia sobre el plato.

Mañana salimos a las nueve de la mañana hacia El Bolsón, un pueblo de hippies argentinos, y aquí en la oscuridad de Bariloche, frente al lago, espero que el ojo de bife digiera lentamente por mis intestinos.

domingo, 7 de noviembre de 2010



El viento, siempre el viento, famoso en Patagonia.

De Las Lajas a Aluminé, dos poblados al borde d la cordillera de los Andes, en Argentina, donde las montañas no son demasiado altas, y el viento, el insoportable, absurdo, fastidioso viento, pasa desde tierras chilenas, que están muy cerca, hacia las argentinas, y forma tormentas de tierra, lluvia, nieve, por la diferencia de temperaturas, frías y calientes,

Y obstaculiza el pedaleo.

El viento sopla de oeste a este.
Pero hoy vamos en dirección contraria. Tenemos que cruzar una carretera que lleva de este a oeste. Con el aire en la cara, en los brazos, las piernas, las ruedas de la bicicleta. Con uno de los cuatro elementos agolpándonos nuestro cuerpos en dirección a Ushuaia, al fin del mundo. Como si esa fuerza de la naturaleza se estuviera vengando de nosotros.

A cuarenta kilómetros vemos una señal de tránsito : viento.

Hacemos una curva y no hay nada que hacer. Algunos lo cruzan caminando. Otro pedaleamos sin amor, mientras que otros renuncian, se suben al vehículo de apoyo del tour y lanzan improperios, dicen esta mierda, a qué nos han traído, al Andes Trail, a este viaje al fin del mundo, cada vez más difícil y con trochas y subidas y encima el viento que jode esta etapa.

Después de la curva a agarrarse de los manubrios. Pedalear a 5 kilómetros por hora y esperar llegar al refrigerio.

Pero aparece uno de los paisajes más bizarros y hermosos de la ruta.

Araucarias en masa. Que parecen palmeras a lo lejos (pero son pinos), con troncos altos y gruesos, y las ramas en sus copos.

Pino Hachado. El mismo nombre lo dice. Un poblado argentino al lado de la frontera con Chile, que en los inviernos está cubierto de nieve y en la primavera sol y nubes cargadas con chubascos.

- Aquí no para de soplar todo el año –me dice una señora, dueña de un restaurante.
- ¡Es usted de aquí?
- Sí, poooo -me dice, con un acento medio achilenado, le pregunto si es argentina y me dice sí-: Aquí todavía se vive una vida sanísima, no como en las ciudades y los poblados grandes... aquí se es hombre todavía, po.

Después de Pino Hachado vamos hacia Aluminé. El viento en la cara, al costado, luego a la espalda. Cruzamos una cordillera, trempamos hasta la nieve (entre las araucarias) y después un descenso de 60 kilómetros en trocha. Suave el descenso pero con viento a la espalda.

Y llegamos al Lago Aluminé, vemos un cóndor planear a lo lejos. Asfalto. El camping.

Hay que saber cómo vencer al viento y a la vez aprovecharse de él. Un verdadero reto.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Chos Malal done !

El día a Chos Malal sólo 10 ciclistas consiguieron completar la ruta. ¿Por qué? Por una combinación del camino de ripio, a través de un volcán, y el viento, extremadamente fuerte en las alturas.

Confieso que completé la ruta, una de las pocas y que disfrute del ripio. Me encantan las trochas y cada vez que estoy en ellas me siento en casa.

El camino trepaba la cordillera entre dos volcanes que me hacían recordar a los volcanes de Arequipa, el Chachani y el Misti. Por el fuerte viento y la mala condición de la ruta habían momentos en que debíamos caminar. Y otras en la que el viento casi nos botaba de la ruta.

Pero lo logramos. Mi drama de Chos Malal está curado. Llegué a la ciudad con energías. Feliz de poder vencerle al viento.

Mi padre

Anoche soñé con mi padre. Soñé que regresaba y que quería volver a casa. Estaba vestido como siempre, con su camisa crema y su chompa roja de alpaca.

Lo vi nítido en mi sueño. Habìa llegado con una mujer italiana. Lo vi tan feliz. Me dijo : elige una habitación para ti que vamos a volver a vivir en la misma casa.

En mi sueño empecé a imaginar la casa. Vi las habitaciones de nuevo, aquellas en las que jugué de niña con mi hermano. Le dije : "Quiero dos, una para dormir y otra para armar mi estudio/biblioteca". Me dijo perfecto.

Despierto.

Le comento a alguien mi sueño. Ese alguien me dice “hoy es 2 de noviembre, día de todas las almas”.

Así he vivido a mi padre el día de hoy.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Patagonia

Hoy salimos hacia Barrancas, vamos a cruzar el límite de la Patagonia.


Oficialmente La Patagonia empieza en la provincia del Neuquén.

Cien kilómetros en trocha y asfalto me recuerdan de algún modo a las carreteras que llevan de Arequipa a Mollendo. No sé si son los volcanes, las quebradas o la sensación de viento.

Después de varios kilómetros sobre una trocha mal mantenida, entramos al asfalto. Cuento un alrededor de 30 volcanes a mi alrededor, de grandes a pequeños, de todos los tamaños. La pampa es hermosa, pero el viento empieza a hacerse presente por todas partes. Veo las nubes y parece que se hubiesen volado , esparcido su blancura a lo largo del cielo, como si el viento se las hubiese querido llevar bien lejos.

Felizmente el viento no me afecta mucho. Pedaleo y pedaleo antes de que empiece a hacerse más fuerte.
Un camión me pasa en la pampa, pero yo lo paso en el descenso.

Un río, el río Barrancas, provincia del Neuquén, el viento, la Patagonia, por fin.

La Pasarela

Pampas Un volcán aparece a medio camino

De Malargüe a La Pasarela. Uno de los caminos más bellos de la Argentina. El principio de una serie de etapas que conducen al fin del mundo, La Patagonia.

Salimos de Malargüe, un poblado de esquí, de 23 mil habitantes, en las faldas de una región volcánica. Hoy he contado unos 17 volcanes a lo largo de la ruta.

Trepamos hasta los 1,500 metros de altura, y empezamos el descenso más alucinante de mis últimos tiempos. A 40 km por hora, en ripio.

Después seguimos el río Grande de esta región, pues en la argentina hay muchos ríos grandes.

Terminamos el día en un camping al lado de la carretera, metidos en una estancia de unos comuneros apellidados Quinteros. Ellos son muy amables, nos recuerdan de hace dos años y nos invitan a tomar un mate dentro de su casa.

Uno de los participantes del tour quiere un sombrero. Me pregunta a mí por uno. “Me gustaría tener un sombrero del dueño de esta casa, un sombrero usado”, me dice. El dueño de la casa dice que tiene uno , que encantado se lo vende. A cien pesos.

Al final, el participante, un australiano que acaba de unirse al grupo, con su hija, dice : “Tengo el sombrero de un gaucho”.

Los paisajes, la alegría de la gente, esas son las cosas que motivan. Mañana otro día, otra mañana.

domingo, 31 de octubre de 2010

Chos Malal

Estamos en un poblado llamado Malargüe, un resort de ski al sur de Mendoza.
Dentro de dos días llegaremos al límite de La Patagonia, el famoso territorio del fin del mundo.

La primera ciudad en La Patagonia es Chos Malal, en la provincia de Neuquén.

Hace dos años monté bicicleta a Chos Malal por la ruta normal, la carretera Ruta 40.
Fue el peor día en mi vida de ciclista. Viento por todos lados. En ascensos, descensos, curvas, rectas, montañas, desiertos... el día más largo de todos.

Este año pienso volver a montar bicicleta a Chos Malal. Vamos a atravesar un volcán. Trepar por un camino pedregoso entre parihuanas. ¿Qué me irá a esperar? Espero que mi motivación mejore en estos días. Y que pueda montar bicicleta en La Patagonia.

Qué buenos días me esperan : La ruta de los lagos, Bariloche, la carretera austral en Chile.... extraordinarios días que me mantienen pedaleando en la bicicleta.

La belleza de la nada

Una tarde un señor llamado Pedro, un tipo de 65 años, que trabaja en la Cern en Suiza, entra al campamento enojadísimo. Pregunta por qué tiene que andar por esas rutas tan aburridas. Yo le digo : para estar más cerca de la naturaleza. Rutas en medio de la nada. Que también tienen una belleza.

Cansada rumbo a Ushuaia

Después de unos días de descanso en Salta llego a Chilecito, en Argentina.

Chilecito es una ciudad pequeña en el norte del país. Tengo que hacer malabares para llegar allí, coger un bus interprovincial que me acerque lo más posible a ese poblado, en la provincia de la Rioja, a mil kilómetros de distancia de Salta. Después de varias horas en el bus hacia la capital de la provincia, tomo una combi hacia este poblado. Hace demasiado calor. Y la gente duerme su siesta.

Confieso que me cuesta mucho volver al ritmo de la bicicleta. El grupo está alojado en un hotel de la ciudad. Todos me saludan emocionados al verme. Las típicas preguntas : ¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho en Salta? Las respondo tímidamente.

Al día siguiente enrumbamos hacia el sur, ahora nos toca alcanzar Mendoza, en seis días con sus noches.

El primer día alcanzamos un poblado llamado Villa Unión, en medio de un desierto caluroso. Atravesamos unas montañas de rocas rojas en las que se ven cóndores planear en las alturas. Acampamos en un campamento de Aca (Automóvil Club Argentino) que está de menos. Allí nuestra nueva cocinera, Ellen, muestra sus dotes gastronómicas y nos prepara un excelente pollo al curry.

El ritmo de Bike Dreams es muy intenso. Todos los días nos levantamos a las siete de la mañana, desayunamos, subimos a la bicicleta y pedaleamos más de cien kilómetros. Llegamos al campamento, comemos y dormimos. Y al día siguiente el mismo ritmo.

Al día siguiente continuamos hacia San José de Jáchal. Dejamos la provincia de La Rioja y entramos a San Juan. En Jáchal dormimos en un pequeño hotel. Y sólo quiero comer y dormir.


De Jáchal seguimos ruta hacia Tocota, un puesto de control militar, desolado en medio de la pampa. Allí recordamos nuestros tiempos en el Perú y Bolivia, en la altura y el frío. Las carpas amanecen congeladas y yo también.

Extraño los días en el Perú, donde a cada kilómetro se ofrece algo nuevo, además los niños corren detrás de los ciclistas, dicen hola al unísono, y en cada poblado hay gente curiosa que pregunta de dónde venimos y hacia dónde vamos.


Aquí no. Todos duermen la siesta cuando llegamos a los campamentos y hacen vida nocturna, incluso los niños, cuando nosotros nos vamos a dormir. Sólo comemos y dormimos y al día siguiente nos levantamos de nuevo para pedalear.


Los paisajes argentinos son pampas inacabables, caminos rectos y sin fin. A siete semanas de llegar a Ushuaia, que es mucho tiempo todavía, confieso –de nuevo- que estoy cansada.

¿Llegaré a Ushuaia?

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