viernes, 13 de enero de 2012

Benin


Ella es una mujer sin nombre. Tiene 12 años. Es delgada, alta, los pechos apenas formados, el rostro, su inocencia. Ella está sentada en una de nuestras mesas en el campamento. Ella es una niña del pueblo. No quiere decirme su nombre cuando se lo pregunto, pero me cuenta una historia.

-Yo me escapé de mi casa -me dice, coge un tenedor con toda la mano, se lleva unos tallarines a la boca – y vine aquí.

Yo la miro, no le digo nada, Ellen – la cocinera- nos ha preparado unos tallarines a la bolognesa. En la mesa tenemos también una ensalada y vino para compartir. La chica está a mi lado, le pregunto: “¿por qué?”.

Esta tarde hemos llegado a un pueblo en Benín llamado Bukumbé. Hace poco que cruzamos la frontera y entramos a otro territorio. No sé en qué se diferencia, pero este nuevo país tiene algo ajeno a Burkina Faso. Los guardias en la frontera, vestidos en trajes caqui, medio adormecidos por el calor, metidos entre cuatro paredes de carrizo, nos miran, apuntan nuestros nombres en un cuaderno de notas, nos estampan un sello en el pasaporte y nos dejan pasar. Me sobresalta su dejadez, ese aire a plátano triturado que flota en el ambiente.

-Mi padre quería casarme con un viejo –me cuenta la chica.
-¿Por eso te fuiste?
-Un hombre casado con seis hijos, por eso me escapé.

Ella prueba otro bocado. Los ciclistas que están en mi mesa la miran, no dicen nada, nadie sabe qué decir.

-¿Y qué edad tiene el tipo?

Benín tiene el mismo paisaje que Burkina: bosque seco, acacias, baobabs. Hay algunos aspectos diferentes, los pueblos tienen construcciones de material noble y los niños son menos tímidos que en Burkina. Salen corriendo a pedir cadeau (un regalo), en los refrigerios se acercan a mirar qué estamos haciendo, sin roche ni más.

-Treinta y cinco –me dice.
-¿Treinta y cinco? –me parece joven, en mi sistema no cabe una persona mayor de esa edad, quizás porque yo también me hice mayor y en otros países esa es la edad actual del matrimonio. No a los doce, trece, catorce. Sus padres eligen a sus futuros maridos por conveniencia, para enlazar a las familias, para pagar alguna deuda, para no morir en la miseria

Me imagino a un hombre de mi edad cortejando a una niña de doce años. Lo escucho y no lo creo. Ella se escapó de casa al empezar su pubertad.

-Quiero estudiar, no quiero el mismo destino que mis hermanas, es así como llegué aquí.

Aquí, dice, a la casa de una familia de holandeses que vive en Benín a pocas horas de su pueblo. Ella sabía que Marion la ayudaría, ella refugia a muchas chicas en su casa, las ayuda a educarse, a mejorar su autoestima, les enseña a ser enfermeras, administración, laboratorio, fundó una posta médica para ayudar a las mujeres parturientas, a tratarse de la malaria, el sida,
“El sida es un tabú en África, nadie habla de ello, pero hay mucho contagio”, dice Marion. Los hombres tienen entre dos y tres mujeres. Las mujeres entre seis y diez hijos. “La gente necesita salud y educación, y eso es lo que les damos”.

Cuando la chica sin nombre llegó donde Marion, tuvieron que enfrentarse con su padre. El padre de la chica un hombre de unos treinta y tres años llegó dispuesto a llevarse a su hija. Después de una larga pelea y de varias discusiones, Marion convenció al padre de dejar a su hija estudiar.

-Es que mi padre tenía una deuda, por eso me quería casar.

Me quedo callada.

Marion la holandesa consiguió dinero para pagarle los estudios a la chica sin nombre , y no es la única, hay otras cinco chicas refugiadas en su casa. Mientras pueda hacerlo, lo hará. Su fundación “Aktie en Benín” ...







Siempre pensé que mi continente era el más surreal de todos, donde sucedían cosas imposibles de imaginar, donde la realidad superaba a la ficción. Pero aquí en el África la realidad sale de mis esquemas mentales. Los vehículos cargan el doble de cargamento que en mi país, las motos llevan cuatro a cinco pasajeros, sin ser mototaxi o tuktuk; las mujeres no sólo cargan niños a la espalda, también cabras, gallinas, chivos; las carretillas no sólo transportan ladrillos; también vacas, cerdos, carne y pescado. Las mujeres cargan veinte litros de agua sobre sus cabezas, caminan kilómetros, preparan la mandioca, cortan la leña... un continente que sobrepasa mis esquemas, que me saca de cuadro a cada kilómetro mientras pedaleo.

Quizás en eso consiste el África. No es un continente con monumentos famosos como Machu Picchu ni con ciudades históricas como Buenos Aires o el Cusco. Simplemente es su gente. En eso radica su encanto. Hay gente en todas partes, salen a borbotones como las hormigas. Paramos a medio camino para ir al baño y ya tenemos que estar mirando por si acaso no nos vayan a ver. Escondernos bien detrás de un arbustro.






Año Nuevo. Didier, el enfermero del grupo, maneja el camión de apoyo del tour, un belga con alma africana que sabe leer muy bien el pensamiento de los benineses. Habla buen francés, trabaja para las Naciones Unidas y es un experto en enfermedades tropicales. Didier elige siempre los mejores lugares para acampar. Me dice en secreto que busca áreas seguras, donde hay gente, porque los bandidos en África asaltan en las carreteras.

Es año nuevo y yo sólo quiero pasarla bien, recibir el 2012 de una forma diferente.

Didier elige un pueblo llamado Ananda. Estaciona el vehículo del tour, un viejo camión de bomberos, un mercedes alemán, al lado de una iglesia católica. ¿Podemos acampar aquí? ¿Somos bienvenidos?

Aquí en el África occidental la religión mayoritaria es la musulmana. En cada pueblo hay una mezquita; pero en algunas regiones, como en ésta, también hay cristianos que creen en dios y en la virgen y que cantan aleluya. Nunca he visto tantas iglesias juntas. La católica romana, la evangelista, la baptista, compiten entre ellas para ganar adeptos. Ver iglesias me hace sentir de algún modo en casa. Entrar a la ‘casa de dios’ es sentirse seguro de alguna forma.

En Ananda acampamos al lado de la parroquia, el padre, un negro vestigo de toga blanca nos permite utilizar uno de los baños de los sacerdotes, para ducharnos. Las carpas se esparcen debajo de un bosque de eucaliptos. Ellen cocina aquella noche frijoles con arroz. Didier intenta mantener el orden, pues muchos niños vienen a observarnos.

A media tarde, el pueblo de Ananda celebra el último partido de fútbol del año. Se enfrenta a un poblado vecino. Sus camisetas son de “flying emirates”. No es que hayan auspiciado el partido, son de segunda mano, traidas en un container desde europa y revendidas en este continente.El arco de fútbol es más pequeño del que normalmente conocemos. De dos metros de ancho y uno de alto, para niños. Pero eso importa poco a los futbolistas. Meter un gol es difícil, no un imposible. El pueblo entero se congrega alrededor de la cancha de fútbol. Esa es su distracción, no la única, también estamos nosotros.

Ananda –el pueblo- consigue marcar dos goles y llevarse el trofeo del año.

A la hora de la cena unos niños no nos dejan de mirar. Nos observan comer, lavar los platos, ordenar nuestros utencilios. Ellos están allí, son unos veinte niños y niñas que se divierten con nuestras costumbres, quizás ajenas a ellos. Es un poco raro comer siendo observados.
A la hora del café, los niños nos sorprenden con un canto. Se reúnen alrededor nuestro y empiezan a cantar alucinantemente. Su voz es tan poderosa. Cantan en francés algunas canciones cristianas. Escucho por allí la palabra Jesús. Sin duda, la música, el canto es parte de su cultura.

Unas horas antes de las doce de la noche, vamos al bar local del pueblo –de la hermana del párroco. Allí Didier me presenta a un señor que me invita unos vasos de cerveza. Se emociona al saber que soy sudamericana. Después vamos a la iglesia del pueblo. Nunca había visto yo una iglesia con tanta gente. Al lado del altar un coro canta hermosas melodías acompañadas de unos tambores africanos. Van a ser las doce de la noche. El padre oficia la misa de una forma diferente a la que conozco. Los cantos le dan ese misticismo especial. Primero es la hostia, luego el padre nuestro, pero no importa, el padre cuenta los minutos antes de la medianoche. Las doce en punto. La iglesia retumba cuando suenan las doce campanadas del año. Año nuevo. 2012. ¿se acabará el mundo?, me dice alguien por allí. Besos y abrazos entre los asistentes.

Al final de la misa, el padre invita a Didier a salir adelante. Todos nosotros, los ciclistas, lo acompañamos. Didier dice unas palabras en francés y le desea al pueblo un feliz año. Todos lo aplauden. Creen que es un misionero. Luego, unos parlantes delante de la iglesia saltan a alto volumen. Bailes y música del pueblo. Una excelente forma de continuar la noche.

Despierto en mi carpa, rodeada de gallinas y pollos que caminan alrededor de la parroquia. Miro la hora. Las seis de la mañana, año nuevo en mi país. Feliz año, pienso, en quienes celebran en Perú. En año nuevo todos somos iguales bajo el sol pero en diferentes horarios.











Montar bicicleta bajo cuarenta grados de calor. Me pongo a pensar en una profesora de español de colegio en Holanda. Las cosas en las que pensamos cuando estamos en bicicleta. Dicutiéndome si se dice montar bicicleta o andar en bicicleta. Yo había dicho alguna vez en la clase que se anda en bici. La profesora protestó: “es montar bici”, me dijo, como si sólo existiese una forma de decir las cosas en mi idioma. Me quedé callada, mi reacción cuando no estoy de acuerdo, y le dije que claro que sí, que es montar, andar, ir, correr... en bici... varias formas de decir lo mismo.

Andar en bici es pedalear, ese verbo. En holandés existe un verbo para la acción de montar bicicleta “fietsen” y en el inglés también, “cyling” o “biking”:

Yo bicicleteo, bicicleteo que bicicleteo, ese lenguaje traducido al ejercicio mecánico de empujar las piernas, como un motor, una tracción que le da velocidad.

Imagínese andar cien kilómetros en línea recta. Cinco horas sentados sobre el sillín negro si consideramos unos veinte kilómetros de promedio por hora. Antes, no me lo hubiese imaginado , pero montar cien kilómetros todos los días es posible para el cuerpo humano. Algunas personas piensan que ése es un extremo: cien kilómetros por día, pero existen extremos más extremos a los que puede llegar nuestro estado físico. Los que hacen triatlones, por ejemplo, 180 kilómetros en bici, 5km nadando y 41 km corriendo en un día: ese es un extremo.

En el grupo hay una pareja de holandeses que están en el extremo. Ella una maratonista consagrada. Este año corrió 10 maratones. Él un triatlonista. No sé si soy partícipe o si estoy en contra de esos extremos. Yo recorro cien kilómetros diarios en bici, cuando puedo, pero obsesionarme con que no debo tomar café porque me deshidrata o un vaso de alcohol, no llego a ese límite. Simplemente disfruto del paisaje, de mi velocidad, de mi tiempo, reniego cuando me canso, me detengo a tomar una cocacola cuando tengo sed, me lo tomo con calma y sigo adelante.

Montar bicicleta en África es un extremo. Cuarenta grados de calor, caminos en línea recta. Parece que no acaba. ¿A quién le gusta montar bicicleta aquí? No todos los participantes pueden con esa responsabilidad. No todos saben lo que es llegar a ese extremo. Nunca imaginé que llegaríamos aquí. Nos agotamos y lo primero que hacemos es tirar la bicicleta a un lado y profiar contra ella.

-¿A qué has venido al África?, le pregunto a un inglés de sesentaiseis años.  
-Por la aventura, pero....

No imaginó que se iba a encontrar consigo mismo, y que no le iba a gustar sus propias debilidades, un golpe cercano al ego. Cuando la organización del tour hace huevos duros en el desayuno, reniega. Tomates frescos, no me gusta. Patatas fritas, aún menos.

-Estas en el África –le digo- tienes que aceptar las cosas tal como son.
-Pero no lo soporto, me dice.

Hay quienes tienen hambre. Que extrañan una chuleta de cerdo o de res. Otros, un café. Yo prefiero no echar nada de menos. Sé que es momentáneo y que llegaré a la meta.

Sí,  debo confesar, es como una droga, eso de andar o montar la bicicleta: tu cuerpo te lo pide, lo necesita, o sino caerás en la desesperación del letargo, en el pesimismo de la nada.







1 de enero, año nuevo. Una trocha complicada en el interior de Benín, que se dirige hacia Porto Novo, su capital. Nosotros evadimos las largas carreteras y el asfalto, nos metemos entre las trochas y terminamos atravesando pueblos perdidos que no han visto turistas o blancos. Esta región del África cree en el vuduísmo y el fetichismo, y en Año Nuevo haremos un viaje a través del tiempo.

Antes de salir de Ananda, experimentamos una especie de sincretismo religioso. El cura del pueblo se acerca a Didier para decirle que acaba de ver un búho ulular en uno de los árboles de mango. Eso trae mala suerte, dice. Y si es en año nuevo, peor.

Kilómetros después de una trocha descuidada, llena de baches y huecos, visitamos al chamán del pueblo de Taneka Koko. El tipo viste solamente un calzoncillo negro. Sale a recibirnos al pie de un árbol de baobab, fumando carbón de una pipa.

Lo curioso de este pueblo es que por todos lados se observan objetos extraños. Animales sacrificados: ranas, cabezas de carnero, cuernos de vacas. El tipo nos lleva a una casa circular. Nos explica que allí están enterrados sus muertos. Cada chamán tiene un lugar en esa casa circular. Allí se hacen los pagos a la tierra.

Sus creencias no se diferencian mucho de las nuestras. Pago a la tierra, entierro de sus ancestros acompañados de objetos que los ayudarán a sobrevivir en el más allá. Uno de los pobladores nos explica que los entierros duran una semana más o menos, y que se bebe mucho, muchísimo, un aguardiente que preparan en la zona.

Continuamos ruta hacia el sur. Tenemos que buscar un lugar para acampar. Un camino al lado derecho de la vía principal nos dirige a un puñado de casitas escondidas entre unas plantaciones. Didier tarda en convencerlos de que nosotros sólo queremos comer y dormir en un lugar seguro. Armamos la cocina debajo de un árbol de mangos (llenos de murciélagos).

Este poblado es sorprendente. Las mujeres caminan con sus torsos desnudos. Tienen estrías en la cara, una marca de nacimiento que los distingue de un grupo del otro. Sus senos cuelgan hasta el ombligo. Hay muchísimos niños.

Después de la cena, uno de los mayores del pueblo saca un instrumento musical fabricado con sus propios recursos. Un violín de una cuerda. Empiezan a tocar y cantar de la nada. Nunca habían visto luz en el pueblo (luz de nuestro generador), nos reciben con alegría y cantan hasta la medianoche, momento en que Richard, el mecánico del grupo, les regala juegos artificiales.

Las luces y colores impresionan.






Lariam. Instrucciones de uso: una pastilla de color blanca que se puede dividir en dos o en cuatro, si desea. Se debe tomar una pastilla por semana a la misma hora. No es mucho, una vez por semana. En el internet dicen que puede llevar al homicidio y al suicidio. Depresiones extremas. Sueños extraños. ¿Una especie de droga?  Su componente principal es el mefloquine.

Mi experiencia con la pastilla no es mala. Muchos le tienen terror. Hay quienes creen que produce enfermedades psicopatéticas.

Yo no la siento. Llevo siete semanas tomándola y todavía no alucino. Todo para protegerme de la malaria, esa enfermedad que lleva al delirio.

jueves, 5 de enero de 2012

¿Por qué pedaleo en Africa?



LLEGO AL AFRICA a montar bicicleta, con un grupo de veinte personas.

-¿Montar bicicleta?, me diría una comparñera de trabajo en Holanda.

Cinco mil quinientos kilómetros en bicicleta a lo largo de la sabana desde Dakar (Senegal) hasta Accra, la capital de Ghana. 

-¿Y para qué te vas hasta allá a montar bicicleta?
-Porque me gusta viajar en bicicleta.
-¿Pero en el África?

Allí sí que no sé qué responder. Imaginarme pedalenado en el África, en medio del calor, en un continente tan lejano, tan olvidado.

Es difìcil montar bicicleta en el África. Parece fácil porque es plano, pero recorrer ciento veinte kilómetros diarios a cuarenta grados de calor, es puro estado mental.




CONFIESO QUE ME cuesta entener al África, quizás aceptarla. Llevo ya varios días pedalenado y el hecho de ver a las adolescentes embarazadas me conmueve. ¿A qué edad empieza su reproducción? Las mujeres siempre andan por las carreteras cargando leña, bidones de agua, comida sobre sus cabezas (mirar cabecera). A veces las veo preparando la mandioca, limpiando el piso de sus casas, dándole leche a sus hijos. En un pueblito leo un letrero que dice “no a la circuncisión de las mujeres”, en otro veo a una de ellas cargando a un bebe a la espalda, con otro en la mano y embarazada. Su destino ya está marcado: a los quince serán entregadas a sus futuros maridos (elegidos por sus padres), les harán la circunsición, a los deiciséis dan a luz a su primer bebé. Los hombres tienen una o dos o tres mujeres. Eso es normal aquí. Los hombres están sentados mirando cómo trabajan y dan a luz, pocas veces se les ve cargando algo sobre sus cabezas. ¿religiòn? Me pregunto por qué ese destino tan marcado del sexo femenino? ¿Por qué esa sumisión y entrega absoluta al marido? ¿Dónde empezó todo esto? ¿Cuándo, cómo? Difícil entenderlo, yo como mujer, difícil aceptarlo. Yo las saludo cuando paso en la bici. Ellas me miran sonrientes. ¿En qué pensarán?





HOY ES EL DíA más difícil. Mucha gente me pregunta por qué hago esto o por qué hacemos esto nosotros los fanáticos ciclistas. Hoy es de esos días en los que me pregunto el por qué y no sé qué responder. Somos veinte personas en medio de la sabana pedaleando en línea recta hacia la frontera con Benín. Felizmente tenemos dos vehículos de apoyo que nos acompañan y preparan el campamento. Las noches las pasamos durmiendo en nuestras tiendas de campaña, en donde caiga el día, y comemos lo que la cocinera de la organización nos cocina.

-¿Y qué van a comer? –pregunta mi compañero de trabajo días antes de que despegue hacia Ouagadougou.
-Lo que encontremos en el camino...
-Pero si allí no hay nada.
-Estamos llevando suficientes municiones.

La cocinera del grupo se llama Ellen. Ellen es una gran cocinera adaptable a las circunstancias. Prepara desde pasta a la boloñesa hasta arroz con pollo y sopa de calabaza. Para ella esto es también un reto porque a lo largo del camino no hay mucho qué comprar. A veces plátanos, maíces, en alguna parte he visto papas. La gente aquí se alimenta de pescado y mandioca. Su dieta diaria.

La bicicleta tiene un poder potencial , una rareza, de aquellos que te atrapan y no te dejan. Como hacer el amor. Pedalear es un movimiento vicioso como la droga, uno empieza y no lo deja, la sensación de libertad física y mental acapara: el ritmo del pedal, el cansar tu cuerpo, el retar a tus piernas... el cansancio que producen los deportes de fondo producen la dopamina... una forma de estar dopado.








Safari

Safari sobre el techo de una combi


Bufalos africanos


Ninos

Lo primero que me llama la atención del África es la cantidad de niños. Los niños salen de todas partes, te persiguen, te llaman, te gritan con un entusiasmo que acapara. Pueblo por el que pasas pedaleando, pueblo del que salen niños corriendo y gritando yeeee unos detrás de otros como en maratón, algunos calatos, vestidos en camisetas, en calzoncillos, con vestidos largos, con pañoletas o con burkas, cabellos cortos, al ras del cuero, como el presidente Obama, en miniatura, de todas las edades, levantan tierra y gritan cadeau cadeau... argent argent... je me donnez un velo, bon arrivéz. Nunca he visto tantos niños juntos.


Ayer me detuve en un pueblo a tomar una cocacola después de pedalear sesenta kilómetros en trocha. Niños de no sé dónde aparecieron a mi alrededor. Me miraban como a una extraterrestre. Yo le pedí una cocacola bien helada a la dueña de una tienda y me senté a una mesa para beber. Los niños no dejaban de auscultarme, ¿me analizarían? Cada vez llegaban más y más de todas partes. ¿Cómo han podido procrear tantos? Cuento unos treinta niños. Sus ojos blancos me miran felices. Yo los miro con una sonrisa. ¿Esperan que les diga algo?

Navidad en Africa

Mañana es navidad. Nunca imaginé pasarla en el África. Cantndo jingle bells en el desierto. Pero en Ouagadougou también se celebra.



El 25 de diciembre es mi primer día en bicicleta. No pienso en la navidad. 130 kilómetros. A medio camino se me revienta la cámara de la llanta trasera. Ni modo, a repararla yo misma. De pronto aparecen seis niños de diferentes edades. Los miro. Tienen sus barrigas hinchadas, caminan con el torso desnudo, uno de ellos tiene un t-shirt usado del Barcelona, a la espalda dice Messi. Dejo de concentrarme en mi bicicleta e intento buscar con la mirada el lugar de donde han salido estos pequeños. A lo lejos veo una casa de forma circular del mismo color que el desierto. Hay una señora con otros dos niños, uno en brazos. ¿Serán una familia?

Horas después leo que en Burkina las mujeres tienen un prmedio de 7 hijos. Yo conté ocho niños en esa familia a lo largo de la carretera.

La navidad la pasamos unos kilómetros después de allí acampando debajo de los baobabs, al lado de tres casas con sus familias numerosas. Ellen cocinó frijoles con tocino y arroz e invitó a todo el pueblo a cenar con nosotros. Terminamos jugando al baseball con los niños del pueblo. Todos absolutamente todos aprendieron a hacer homerun. Luego, las mujeres –madres e hijas- hicieron una ronda y danzaron el baile de la reproducción. Se pusieron a cantar sin instrumentos, solo su voz, y a bailar golpeándose las caderas, unas a las otras, felices de la vida, con sus bebés a la espalda.
Papa Noel derritiendose en la sabana. En la rama de un baobab.

En Navidad jugamos al beisball

Cena de noche buena. Las mesas estan listas para celebrar la navidad.
Cafeteria africana. Pequeno refrigerio de 25 de diciembre.

martes, 27 de diciembre de 2011

Gallinas que montan bicicleta


Ellas miran el mundo de cabeza inconscientes de lo que les depara la rueda delantera de su destino. ¿El cuchillo afilado de algún carnicero a lo largo de la ruta? ¿Las esperanzas esperando comer un trozo jugoso de carne blanca? A medio camino alguien dirá: "¡Hey, dame una gallina!". El tipo de la bici apretará el freno. Las gallinas se balancearán como péndulo una o dos veces. El tipo desatará a una de ellas y le clavará cuchillo en el cuello hasta verla morir... (silencio)... El vendedor gallinero a domicilio le pedirá unos francos africanos al comprador de una gallina fresca. La mete en una bolsa de plástico y se la lleva. ¿Gallina biológica y fresca?  Gallinas portátiles con plumas, atadas de las patas para que no jo... difícil montarlas en bicicleta.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Ouagadougou Navidad

Ayer llegué al África, a una ciudad llamada Ouagadougou, la capital de Burkina Faso. Es una ciudad en medio del polvo del desierto y del bosque seco que me recuerda de algún modo al norte de mi país. En mis años de estudiante paseaba en bicicleta debajo de las sombras de los algarrobos en el Sechura.

Ouagadougou es diferente. Está lejos del mapa universal, en el África occidental cerca a Tombuctú. Tiene un millón y medio de habitantes y es de esas ciudades que no tienen tiendas propiamente dichas, todo está en las calles, en sus largas avenidas, gente vendiendo muebles debajo del sol, árboles de navidad en la carretera.

Árbol de navidad de carretera

Me sorprende el orden de su tráfico, un carril para las motos y las bicis -aquí las grandes mamás africanas se transportan en bici- y el resto buses y vehículos de todos los colores: viejos mercedes, toyotas, nissans. El taxi que tomé ayer se parecía al Nissan de mi padre, en los ochenta. El chofer encendió el motor sin llave, simplemente uniendo dos cables que lo echaron a andar.

Mi imagen previa africana es de Nathional Geographic, y de todo lo que a uno le cuentan de chico, mezcla de anécdotas de un lugar imaginado. Me lo imaginé pobre bien pobre, subdesarrollado (sé que esto no lo debería de decir), pero dentro de todo lo que uno cree tiene su modernidad. El centro de Ouagadougou tiene una gran avenida con una cafetería llamada capuccino donde doce mozos están a la espera de atenderte (por qué será); además hay un hotel cuatro estrellas medio desvencijado que vale menos de lo que cobra.  


Al lado de esa gran avenida llamada De Gaulle, está el mercado central. Fruta y verduras por doquier amenzan al turista abandonar la empresa de meterse bien adentro. La carne de gallina la venden fresca, así como los cuyes, el comprador elige una gallina viva, el vendedor la mata por ti. Unos negros ofrecen celulares, otros tarjetas, otros te piden plata. Aquí hay vida. Pantalones, telas multicolores, me salgo de allí.

Yo acampo debajo de unos eucaliptos al lado de una piscina y escucho la brisa del desierto mecer sus hojas con suavidad. Qué recuerdos, qué sensación. Cuando miro alrededor me doy cuenta que no es mi patria, no es mi idioma (el francés), pero sí mi clima, mi pequeño caos, mi pequeño calor, mi eucalipto en un bosque.

Esta noche es navidad y mucha gente al otro lado del mundo se reunirá en familia. Aquí también los fasinos  celebrarán  misa por el nacimiento del niño dios. Hay muchas cosas que nos separan, pero hay otras que nos hacen los mismos bajo el sol.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Dakar, la otra experiencia

¿Dónde queda Dakar?

Dakar es un nombre tan famoso que mucha gente lo asocia con el rally, tanto así que el nombre lo vemos en formato sticker en muchos de nuestros vehículos. Pero Dakar es mucho más que el rally a motores. Dakar es una ciudad, la ciudad más occidental del África, la capital de Senegal.



Dakar se convirtió en un mito cuando en los setenta empezaron a celebrarse rallies desde París hacia Dakar. Un viaje alucinante. Yo lo hice hace dos años en bicicleta. Atravesar europa y llegar al África es la experiencia más impresionante que pude haber tenido en mi vida como ciclista. Sobre todo atravesar el desierto del Sahara, pasar por Marruecos, el Sahara Occidental y Mauritania.

Hace dos años el Dakar dejó de operar en el África y se mudó a Latinoamérica. ¿Por qué? Por culpa de AL Qaeda. El grupo magrebí terrorista amenazó a la organización con secuestros y muertos. Por eso ahora se mudaron a América del Sur.  Sin embargo, mucha gente sigue haciendo el recorrido del Dakar original. Grupos de automovilistas se deciden sin miedo a cruzar el sahara, incluso nosotros los ciclistas. La ruta mítica sigue siendo un reto para muchos europeos que adoran las costas africanas.

Nosotros ciclistas hicimos la ruta hasta Dakar en el 2009. Nos enamoramos tanto del África que decidimos continuar el camino hacia Accra, capital de Ghana. La idea original era ir a Tombuctú, sin embargo, a raíz de los secuestros nos desviamos de camino, abandonamos la idea de llegar a la ciudad perdida del áfrica, y decidimos entrar a Benín y Togo.

Este blog describirá parte de este viaje en bicicleta. Allí hay ya un grupo de ciclistas esperándome... voy a reportar, cletear, embarrarme en las sabanas africanas. Me muero de la curiosidad por saber cómo es el corazón del África Occidental. Los invito a seguirme y a comentarme... Nosotros somos más ecofriendly, amamos la bicicleta.

En el corazón de África






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