viernes, 11 de marzo de 2011

Cambiemos de actitud, usemos la bici (I love my bike)

Leo desde hace algunos días artículos sobre la bicicleta en varias partes del mundo, de la bicicleta como medio de transporte, de la bicicleta como forma de manifestación, acerca de la revolución en la bicicleta y el decoro de la mujer frente a sus posibilidades de buscar su emancipación. En fin, estas son sólo palabras, algunas idas y venidas que se me ocurren cuando leo los blogs de El País de España o las revistas de ciclismo holandesas y alemanas que me llegan mensualmente a casa. Pero lo que más me sorprende es cómo un tema que está tan de moda a este lado del orbe, el de andar en bicicleta por la ciudad para evitar aquello que se llama la polución del medio ambiente, eso de ser green, de andar acorde a la naturaleza, sea un tema tabú para muchos países en Latinoamérica.

Y lo digo porque en el Perú hace poco leí una noticia que me movió los sentidos, nada más ni nada menos que el director de un diario distribuido en varias partes del país que al parecer se frustraba por ver una avenida bastante transitada de la capital, Lima, cerrada los días domingos para los ciclistas. En su editorial -una de las columnas más importantes de los periódicos- se quejaba de la falta de tino de cerrar en día domingo el paso vehícular y permitir que cuatro ciclistas invadan la avenida.



En el Perú  la bicicleta es por sobre todas las cosas un pasatiempo, un deporte, un forma de manetenerse en forma. Muchos salen los fines de semana a pedalear por los cerros de las afueras de Lima o Arequipa, y hacen downhill, singletrack, entre otras formas del oficio de la mountainbike (la más popular de todas en el Perú, después le sigue la bicicleta de carrera). Pero la bici urbana, es decir, utilizar la bicicleta para hacer las labores diarias en la ciudad, como por ejemplo, ir de compras o al trabajo o a estudiar en bicicleta, se sigue viendo como algo de aquellos que no son capaces de comprarse un vehículo o de sacar un permiso de conducir, es visto, quizás, mucho peor que caminar. No tiene fama ni estatus ni condición social. "Andas en bicicleta", ah, automáticamente piensan que eres pobre o un ser de la tercera especie que anda en bici en las caóticas calles de Lima y no piensan más bien que estás contribuyendo a mejorar de algún modo (pues si todos siguieran tu ejemplo) el tráfico de la ciudad. Y es que aquellos que somos amantes de la bicicleta lo sabemos, a pesar de utilizar nuestro medio de transporte para las labores diarias y de importarnos poco lo que piense la gente, la gente lo piensa y lo murmura para sus adentros.

Sin embargo aquí en Europa la bicicleta es en la mayoría de las ciudad un estatus social, como por ejemplo, en Holanda, el país-madre en el uso de este medio de transporte; las ciclovías, los semáforos, los estacionamientos público y privados, las ferias de las bicis, entre otras, reflejan el nivel de una cultura que a pesar de estar también sentada en el coche, anda en bicicleta y para todas partes, incluso los niños van al colegio a puro pedal y las abuelitas de cabellos blancos a la peluquera en bicicleta. En la ciudad de los canales los profesores universitarios van a sus clases en sus dos ruedas, sí incluso los directores de banca, parquean en el mismo estacionamientos que sus alumnos/trabajadores y a veces se cruzan con ellos en las calles. Y no sólo en Holanda, también en Alemania, Bélgica, Dinamarca, Suecia, el respeto por el ciclista es considerado frente a los semáforos, y el estatus social no es medido por la cantidad de ruedas que haces rodar, sino por el estado físico que tienes. Y por el respeto a la naturaleza.

Eso sería impensable en el Perú y en varias partes de Latinoamérica, donde el ciclista es la última rueda del coche. En la Argentina un policía una vez nos detuvo en medio de una carretera para decirnos que los automovilistas se estaban quejando de las bicicletas. Y en el Perú se produjeron varios incidentes también, de aquellos que te tocan la bocina para que les dés espacio, cuando ellos pueden desacelerar un poco y ser más cautos con el tráfico ciclístico.

Este sábado 12 de marzo la primera marcha ciclonudista en el Perú
Quién diría entonces que en una ciudad como Lima donde, claro está, no hay ciclovías para fomentar este medio de transporte, que además seria ideal para evitar y descongestionar el tráfico, se critique negativamente una medida que alivia de alguna forma el tránsito vehícular y llevar a la gente a pasear por una avenida de una forma sana y sin monóxido de carbono (?). En fin cada país tiene su ritmo de desarrollo. Y a pesar de que hay mucha gente luchando por cambiar esta actitud, siempre hay unos cuantos que -a veces son muchos- quienes no quieren estar a la par.

Quienes quieran cambiar de actitud asistan este 12 de marzo a la Marcha Ciclonudista en Lima.

domingo, 19 de diciembre de 2010

viernes, 17 de diciembre de 2010

El relato del instante (Buenos Aires)

Es interesante ver los personajes que entran y salen de este restaurante.

Un hombre de cabellos largos que parece ministro de algo, o así se comporta, con terno recién salidito del congreso o de palacio de gobierno, quizás una actitud muy argentina. Una señora de senos grandes, vestido blanco y zapatos de taco rojos como sus labios, rojos rojos, que entra con dos niñas que le dicen, cuidado mama que se te está viendo el escote. Y otro hombre, medio hippy parece, pero también medio gay, tiene los cabellos largos, rubios y en rulos. Parece un gringo pero es argentino. Y su forma de hablar es medio gay, aunque en su forma de vestir no pasa nada, medio despatarrado, incluso cojea el tipo, como si se hubiese tomado litros de cerveza o algo parecido, habla normal. Entran y salen, el primero, el ministro se termina sentando con un señor que me mira desde una mesa contigua a la mía. En un momento el ministro parece el dueño del restaurante, saca un vino del estante y se lo sirve a los amigos, así se comporta por lo menos, a lo argentino, parece, y la segunda, la mujer, entra y sale con las dos niñas y ese vestido blanco como salida de una fiesta o matrimonio llama por teléfono, entra y sale, deja la puerta abierta, hasta que llega el tercero y se la lleva, o sea, el cara de hippie medio gay, se la lleva por la calle con las hijas, ¿sus hijas? Disparejo.

Las mozas se ríen, yo escribo, lo registro todo.

Estoy en la barrio de San Telmo, un barrio que voy descubriendo poco a poco, que intento adherirmelo a mí, y sentirlo mío, por más egoísta y literal que suene, y tan propio de lo ajeno. Miro desde la ventana , tomo un vino tinto de casa reservada, y le busco un título a esta historia, y aquí es donde fallo, cuando veo al ministro besar a la camarera, y a la familia dispareja pasar a lo largo de la ventana del restaurante. Todo se convierte en ficción en mi relato. El relato del instante.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Sobrepoblado

Llego a una ciudad enorme, tomo un taxi, le pregunto cuántos habitantes tiene, me dice que no sabe, recorre las grandes avenidas, le da vuelta a los obeliscos, entra por calles que no conozco, hasta llegar al hotel.


De pronto todo me parece demasiado grande, absurdamente habitado, mucho ruido, vehículos que botan gases, soy como un cavernícola llegando a la civilización, sin saber por dónde empezar.

El costo de convivir con la naturaleza por cuatro meses, el shock de lo sobrepoblado.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

La cápsula de hierro

Costumbres argentinas o quizás costumbres europeas. Mi último día en Ushuaia está supuestamente gobernado por esta idea, la estúpida idea de tener que coger un avión, de ir al aeropuerto a tiempo, como si esta última mañana estuviese perdida en el limbo de la nada, sin disfrutar de esos últimos instantes en el confín más lejano del sur de la tierra, y todo supeditado al viaje en avión, a esa máquina a dos motores que despega de un lugar y después aterriza en otro.


Un escritor argentino diría, que viajar en un avión es como vivir en medio del paréntesis, ganándole al tiempo, al espacio, todo aquello que nos perdemos en hacerlo a pie o en bicicleta en nuestro caso. Porque nosotros todo lo hemos hecho en bicicleta, desde Quito (Ecuador) hasta Ushuaia (Argentina) viendo y viviendo los paisajes que cambian a medida que uno entra a una nueva región o valle o ecosistema, intentando por lo menos de imitar a nuestros antepasados que iban o a caballo o a pie (pues en esos tiempo no había ni bicicleta o avión, pero la bicicleta es lo que más se le parece).

¿Y qué hago yo perdiendo mi tiempo pensando en que tengo que tomar ahora un avión y recorrer en cuatro o cinco horas todos los kilómetros que me costó pedalear en un mes o dos?

El absurdo de la modernidad, pensar que podemos ganarle a la distancia y el tiempo.

Este día casi todos los participantes del tour salen hacia Buenos Aires en vuelos diferentes. Yo ocupo mi mañana escribiendo, anotando todo lo que me toca hacer después de terminado el tour. Pienso : una hora antes en el aeropuerto es suficiente, y conociendo a los argentinos, quizás el vuelo no salga puntual. Pero los participantes se van tempranísimo al aeropuerto pensando que tienen que estar tres horas antes. Es que tenemos bicicletas, muchas maletas que embarcar, dicen. Así que ellos se van a las nueve de la mañana a esperar el vuelo de la una de la tarde. Yo a las doce del mediodía recién salgo al aeropuerto, que es pequeño, y cuando llego los veo allí aburridos esperando, esperando.

Y el vuelo se retrasa media hora más.

Desde la sala de espera le toman una foto a un avión que está despegando, con algunos de nuestros compañeros allí adentro saliendo para Buenos Aires, en otro vuelo, el de Aerolíneas Argentinas. “Para dársela de recuerdo a los que van en ese avión”, me dicen y yo me río sarcásticamente.

Hasta hace un día tomábamos fotos de nuestros compañeros sentados sobre bicicletas, ahora en los aviones, en esas cápsulas de acero.

Ya cuando nos toca a nosotros despegar, aterrizamos en El calafate, luego Buenos Aires. Y por la ventana vemos el camino que hemos pedaleado. Y no lo creemos. It’s impossible, diría alguien por allí. Recontra impossible. Cuando lo imposible se hace posible. Y la l{inea negra de la ruta 40 se dibuja recta como en google maps, y veo una casita en medio de la pampa y recuerdo los días difíciles en Las Horquetas, Bajo Caracoles, Tapi Aike.

Ahora es tan fácil en el avión que prefiero hacerlo en la bicicleta.

martes, 14 de diciembre de 2010

El final de los 11 mil kilómetros, Ushuaia Fin del Mundo

Agota en la meta
 Día con sol, las nubes vuelan sobre nuestras cabezas. Una etapa muy dura. Mis piernas no responden. Motivación por los suelos. No me siento fuerte hoy, el último día.

Pero pedaleo los últimos 105 kilómetros hasta Ushuaia. Y cada vez que aparece un letrero en el camino con la distancia por recorrer, me alivio, me siento mejor, aunque las piernas no respondan como siempre por el frío. Mis pensamientos me dicen ya quiero llegar; ando sin ganas.

La más fuerte del grupo, una suiza de hierro, me anima y me ayuda a pedalear contra el viento. Me pego a su rueda trasera y pedaleo con todas mis fuerzas. Al principio la sigo bien , pero al poco rato me agoto y bajo la velocidad. Lea, la suiza, es la única que ha recorrido todo al cien porciento.

El fin del mundo, ¿cómo es? 

Después de pasar las montañas nevadas , el día anterior nevó aquí, aparece Ushuaia, la ciudad más austral del mundo. se extiende en una bahía sobre las faldas de unos cerros, barcos encallan en el puerto.

Los ciclistas nos detenemos en el letrero de ingreso a la ciudad. Fotos aquí y allá. Algunas sonrisas, otros llantos, todavía faltan siete kilómetros para llegar. El “finish” está en el puerto.

Continuamos pedaleando. Sabemos que son los últimos kilómetros. Intentamos acompañarnos en los últimos kilómetros. Abrazo al viejo Ernst desde la bicicleta, que pedalea con una pierna. Le digo: “¡Dos cervezas a nuestra llegada!”.

El viento nos coge a medio camino, justo a la entrada al puerto, también la lluvia, pero ya no nos importa, ya no importa si nieva o truena, llegamos a Ushuaia, al fin del mundo, por fin, después de once mil kilómetros en bicicleta.


***

con los veteranos, Peter Dressen y Ernst, los científicos
locos, el submarinista cervecero
Ver el mapa de nuestro recorrido a nuestra llegada es recordar todos aquellos kilómetros a lo largo de la ruta. Pero ver la distancia es impresionante. Desde la línea ecuatorial hasta la punta más al sur del continente... Montañas y más montañas.

¿Cuál fue el día más duro?

Por supuesto las respuestas son diversas, depende de cada ciclista, de cómo se sienta... pero muchos recuerdan el día a Cerro de Pasco en el Perú como el día más duro. La altura y la lluvia que los agarró a cuatro mil metros de altura... muchos llegaron de noche , en la oscuridad, escoltados por la policía. Y renegaron por la poca agua que había en la ciudad (y el hotel), siempre. Llegaron muertos, casi muertos.

Otro día duro fue el viento en el altiplano boliviano, día en que muchos terminaron tragándose la arena , que soplaba tan fuerte como en el Sahara. Una lucha constante contra la ráfaga de la naturaleza. Terminamos refugiándonos en la iglesia de un pueblito perdido y sin luz. Algunos se enfermaron aquella tarde del estómago. Y terminaron renunciando a los once mil kilómetros. Cuatro se fueron a casa, el resto continuó pedaleando.

Pero los ciclistas también recuerdan los días en la Patagonia, la tormenta de nieve en la frontera Argentina – Chile. Treintaicinco interminables kilómetros hacia Torres del Paine.

Y los inútiles días sobre la pampa. Viento en contra, constante. Y sólo bushcamp, campamento a la intemperie.

Si me preguntan a mí cuál fue mi día más duro, diría “el último día”. Mis piernas no respondían, mi mente tampoco. Y la presión de llegar temprano a Ushuaia me ganaban.

Aunque , ahora que lo pienso, tambén hubo otro día duro muy duro : el Parque nacional Huascarán. Trepar hacia los cinco mil metros de altura con el cerebro fuera de tu cuerpo (por culpa de la altura) fue durísimo.


Con Edson, mi compañero, mi hermano,
el gran cocinero ;)

No hay nada más gratificante que haberlo hecho, conseguido, logrado, terminado. La más fuerte del grupo, Lea Degen, diría : “Tú puedes, no existen peros”. Y esa frase se me quedó grabada. Uno puede fácilmente subirse al vehículo de apoyo del tour, renunciar a medio camino, decir mis piernas no dan, mi mente tampoco, no soy fuerte o algo parecido. Estas experiencias lo encaran a uno consigo mismo, son pruebas duras de fortaleza y voluntad. Pero el conseguir completar una etapa a pesar de la dureza es sumamente gratificante.

Terminamos el Andes Trail con un sentimiento de satisfacción. Algunos dicen que en el fondo querían terminar pero a la vez seguir viajando. Otros tenían la esperanza de ver a sus seres queridos después.

Hacer un viaje de esta envergadura es como vivir en el paréntesis. Uno convive con un grupo de cuarenta personas por 120 días. Uno se pelea, se alegra, se frustra, se emociona, con ellos siempre. Incluso nos importa el qué dirán, nos encaramos contra nosotros, conocemos nuestros miedos y alegrías. Y al llegar a la meta, todos, ese grupo de cuarenta, se dispersa en cuestión de horas. La felicidad de la meta, pero la tristeza de la partida. Y después uno se pregunta : ¿Y qué significó para nosotros convivir con esta gente? Desde los más renegones y quejones hasta los más positivos y valientes, ¿qué significó? Nunca más veré a esa gente, o quizás en algún lugar, en el facebook que está tan de moda. ¿Qué quiso decir? Cada uno tendrá una respuesta diferente. Quizás el aprendizaje de vivir


***

Los ganadores al 100%
 
Sólo dos personas consiguieron montar cien por ciento el Andes Trail. Un hombre y una mujer. Peter Beullens de Bélgica y Lea Degen de Suiza. Los ganadores del 2010.

El último día a Peter se le quebró la rueda trasera de la bicicleta. A medio camino , el sistema de cambios se le destrozó y los rayos también. Tuvo que prestarse la bicicleta de un participante para poder continuar hasta la meta. Peter consiguió el 100 %, su bicicleta no. Cuestión de suerte.

Y Lea, que para mí fue la más fuerte del grupo, mentalmente sobre todo, ayudó a los más lentos ese día (y confieso que ese día yo andaba re-lenta). “Tú puedes Susana, no hay peros”.

Lo curioso es que al llegar a la meta y celebrar con champán y bocaditos nuestra llegada, Lea y Peter se subieron al vehículo de apoyo del tour. No tenían ganas de pedalear el kilómetro de distancia hacia el hotel. Llovía a cántaros. Ese fue el único día que experimentaron el camión de bomberos del tour.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Sólo cuatro días


Falta poco para llegar al Fin del Mundo, sólo cuatro días. Hoy llegamos a Tierra del Fuego, a una pequeña ciudad llamada Porvenir, el porvenir de la isla grande. Un pueblo de nada, con casas de madera de estilo inglés, mismo principios del siglo XX, con las puertas cerradas y poca luz. Estamos en un hotel a orillas del Estrecho de magallanes. Mañana nos espera un día de 160 km con ñandúes, guanacos y árboles bandera. Nuestros últimos kilómetros en el fin del mundo.

martes, 7 de diciembre de 2010

Imágenes desde Torres del Paine (segunda parte)

Glaciar Perito Moreno, El Calafate. Una madrugada frente al glaciar.

El día más frío

La lucha contra el viento y la nieve. Rumboa Torres del Paine. El clima puede cambiar de un momento a otro aquí.

El ñandú con sus crías en Torres del Paine. Es primavera.

El viento se quiere llevar la bicicleta (!)

Caminar y caminar... el viento levanta la tierra.

Un hermoso paisaje desde el mirador de El Cóndor. Torres del Paine.





sábado, 4 de diciembre de 2010

Imágenes desde Torres del Paine (primera parte)

Tapi Aike. El dueño del pueblo es un hacendado que no quería que acampásemos en ninguna área del lugar. Al final acampamos en medio del viento. Una noche dura.

Camino a Torres del Paine, el parque nacional chileno. Aquí un stop en el Lago Serrano. Muchos cóndores planean en el horizonte.


Las Torres del Paine, unos macizos de granito de impresionante altura. Miles de turistas llegan aquí de diversas partes del mundo.

Recorrer Torres del Paine es como andar en safari.


A lo largo de la ruta nos encontramos con miles de guanacos (llamas) que pastan sin miedo al ser humano. Los guanacos son salvajes, imposible de domesticarlos.

Hermoso pedalear a lo largo del parque nacional. Hubo demasiado viento ese día.

Vientos del Polo Sur

El problema no es el viento sino el frío. El viento del polo sur, desde el sur-oeste, es heladísimo.

Que todo lo congela, nuestras caras, y nos lleva a cobijarnos en cualquier lugar.

Todo sopla : el pasto sopla, los árboles soplan, las nubes pasan a una velocidad nunca antes vista en el cielo. Cada vez que andamos en la bicicleta es una lucha larga y dura.

Y al llegar al campamento los más débiles preguntan primero (porque claro se subieron al vehículo del tour a mitad de camino, maricones ellos) si tienen camas en el lugar, y los más fuertes que llegan después también quieren una cama o un lugar protegido para su carpa. Y se encuentran con la sorpresa de que no hay nada para ellos. Que los más débiles escogieron primero, y los más fuertes tienen que ceder.

En el camping de Torres del Paine no hay cabañas. Sólo unos cobertizos (techos) donde uno se puede resguardar del viento y la lluvia, si la hay. Los ciclistas creen que todos los cobertizos del camping son para el grupo, pero el encargado indica que tienen que acomodarse tres o cuatro carpas por cobertizo. Y nos dan sólo 8 techos para todos.

Por supuesto, cada uno del grupo quiere , individualistas ellos, un techo por carpa . Arman un desorden en el campamento. Ocupan lugares no permitidos alegando que tienen derecho.

Algunos lloran, otros se enojan, dicen que no les importa, no escuchan, y se meten simplemente donde no les importa.

Ellos siempre creen que tienen derecho. Este trabajo no es fácil. Porque se comportan como niños. Si a uno le damos una coca-cola, todos quieren coca-cola.

Pero lo peor de todo es que los débiles no piensan en los fuertes. Los fuertes montan todo el día bicicleta y quizás tengan más derecho que los otros.

Sentido de comunidad, eso no existe en este grupo, y menos aún el sentido común, palabra que no existe ni siquiera en el idioma holandés (lo que dice mucho de su cultura). Quizás los cuatro meses sobre la bicicleta convierte a los individuos en egoístas.

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