viernes, 20 de enero de 2012

Viento y arena en Bolivia



Viento, arena, kilómetros, con los manubrios sobre las trochas bolivianas.


Dos días después de La Paz y de una carretera asfaltada que pasa por Oruro y otros poblados del Altiplano, entramos hacia los caminos que llevan a Uyuni, la famosa laguna de sal.

Hace dos años, los bolivianos estaban construyendo una carretera hacia Uyuni, o por lo menos hacia una comunidad llamada Salinas, muy cerca de allí. Sin embargo, el camino nunca se terminó de asfaltar. La esperanza de los pueblos quedó en una ilusión. El terreno afirmado es una trocha mal conservada. Montar bicicleta sobre ella obliga a buscar otro camino.



Viento, demasiado viento

En nuestro primer día sobre la trocha hay muchísimo viento en contra. El viento sopla en dirección contraria a nosotros los ciclistas, cerro arriba, cerro abajo. Los 80 kilómetros que tenemos que recorrer son interminables . Sólo nos queda pedalear y pedalear hacia el campamento.

Llegamos a una cima. El viento sopla con tal fuerza que vemos una nube de polvo/arena cubrir el paisaje. ¿Hacia dónde estamos yendo?

Remolinos de arena, tierra que entra en los ojos, en la boca, que golpea con fuerza sobre nuestros cuerpos. A veces me tengo que detener para darle la espalda al viento y para no sentir las partículas de tierra que rebotan sobre mis piernas.

Inútil. No vale la pena detenerse, simplemente seguir y seguir hasta el final del día porque no hay cómo evitar ese viento absurdo que no sé de dónde está llengando. Después de varias horas llego a un campamento enterrado sobre la arena.



Accidente en la altura

En nuestro segundo día sobre la trocha esperamos no tener viento. Yo pedaleo y pedaleo con velocidad para no tener que sobrevivir de nuevo al viento, pero no, felizmente no hay vientos fuertes ése día. Tenemos que recorrer una ruta alrededor de un volcán que colinda con el famoso Salar de Uyuni.

La carretera es tan mala que parece una trocha para practicar la mountain bike. Todos los ciclistas vamos en fila india. Algunos quieren demostrar que son más rápidos. Yo me tomo la paciencia de recorrer esa trocha repleta de piedras y de arena con cuidado, mirando dónde pongo mi llanta delantera. Kilómetros antes de llegar, a orillas del Lago de Sal, veo a uno de los ciclistas en el suelo. Estaba compitiendo con otro de los ciclistas y por no tener cuidado cayó al suelo y se rompió la clavícula.

Clavícula rota. El salar es una maravilla, pero es lamentable que un día tan maravilloso sea opacado por un accidente.

Postales desde el fin del mundo

Bosques de pinos, araucarias, diversos árboles sin nombre, lagunas, ríos de aguas transparentes, piedras, viento que sopla demasiado fuerte, lluvia y glaciares que cuelgan en la punta de las montañas y que se deshielan

Algunas fotografías del Andes Trail 2010

¡CUIDADO! Famosa señal de tránsito a lo largo de la patagonia. El viento siempre el fastidioso y difícil viento. Camino a Pino Hachado, una de las etapas más memorables del Andes Trail

HELADO DE NIEVE. El Matterhorn argentino en la región de los Siete Lagos. La Suiza latinoamericana. Aquí todavía las montañas tienen nieve.


CAMBIO DE CLIMA. De pronto el cielo se nubla y vienen las precipitaciones. Viento y agua juntos, una fiesta sobre los pedales.

REFRIGERIO DE LUJO. No hay nada mejor que hacer un stop en medio de la ruta a orillas de los Siete Lagos. El sol, los árboles, el agua son una combinación perfecta 

CASCADA DE GLACIARES. El agua se comunica entre uno y otro lago y forma hermosas cataratas.

ARAUCARIAS. Árboles en extinción en esta región del mundo. En inglés les llaman Monkey Tree (árbol del mono). Desde lo lejos parecen palmeras, pero son pinos. ¡Y aquí no hay monos! Sólo aves de diversas especies, zorros, liebres, pumas.

CAMINO A CHOS MALAL, otro día memorable. Estos son los primeros kilómetros de camino hacia el volcán Tromen. La trocha es pedregosa y encima hay mucho viento. Sólo diez personas consiguieron completar la etapa.

QUEDAN POCOS. El viento es tan fuerte y la trocha tan mala que tenemos que caminar por algunos kilómetros. Trepando hacia la cima. Allí estoy yo con mi jersey de Perú, empujando la bicicleta.

EL LUNCH. A medio camino el refrigerio tan esperado.  El vehículo de apoyo del tour se cobija del viento detrás de unas rocas.

LA META. Por fin, yo después de recorrer 45 kilómetros en 6 horas.


jueves, 19 de enero de 2012

Bicicleta africana made in CHina

Juntos en la cima

Pedaleando a la cima


Al día siguiente continuamos ruta a nuestro próximo día de descanso Kpálime. Seguimos la trocha de tierra, esta vez más despierta. Me sorprende lo poco que tienen estos pueblos. Unas casas de adobes con esteras, el que tiene suerte una calamina, los niños medio calatos corriendo detras de las bicis “cadeau cadeau”, venden pescado frito, un tomate, unas barras de pan, muy poco, y mucha gasolina embotellada en envases de pastise, el anís francés, para las motocicletas.

Después del refrigerio aparece la primera montaña del tour. 900 metros de altura en las costas togoleñas. Ver para creer. Es una verdadera montaña. Me animo a hacer un tour D (extra) y subo a su cima. Me cuesta dos horas llegar hasta el punto más alto. El aire es al principio demasiado caliente. Marea hasta el vómito. Pero a medida que uno va ganando altura, el aire se enrarece. Es curioso pero me siento en otro mundo... mi mundo. Un par de pueblos salpicados en las faldas, mujeres que cargan litros de agua sobre la cabeza. Unos diez kilómetros cuesta arriba. Sorprendente, asfalto.




Ese castillo es una ciudad de termitas, viven millones


La montana se llama Pic de Outa y es famosa entre los togolenyos ciclstas. Aqui la gente compite en el Tour de Togo. La cima de Pic de Outa tiene dos antenas de radio y unos guardias medio adormecidos.

Al bajar la montaña parece ser que el paisaje cambia. Más desarrollo. Una autopista nos lleva ahacia Kpálime. Me da alegría ver una ciudad más o menos estructurada, así pienso mientras estoy aquí, basada en mi estructura. Es una ciudad dividida en dos. A un lado las iglesias cristianas, al otro, las mezquitas. Lo cristiano – musulmán, esa mezcla de creencias que compiten por ganar feligreses empiezan sus cantos a las cuatro de la mañana a través de un parlante que se escucha en toda la ciudad.


Wilbert y yo en la cima


Las mezquitas cantan:
“Allaaaaaah”

Los cristianos:
“Alleluyah!!”

Después unos rezos que zumban en mi oído mientras duermo.

Esa noche salimos a bailar a una discoteca. Mujeres gordas, potonas, al ritmo del pumpum. Las discotecas se parecen en todo el mundo. Luces, espejos medio sucios y una barra sirviendo cerveza.

Chez Cocó y su hueco togoleño

 
El bar coca-cola
Togo, un nuevo país. La frontera deja mucho que desear. Cruzamos por el oeste , por una carretera mala demasiado mala. El pavimento se transforma en una estría negra llena de huecos. Luego, un pueblo, nada más. Y el camino se convierte en ripio... lo primero que me llama la atención es mi bicicleta, danza entre la arena, entre árboles y arbustos espesos secos, se pierde en un paisaje triste.

Ademas, fuego por todas partes. Los togoleños queman los campos para cultivarlos.

Este primer día en Togo me siento un poco muerta. Las piernas pedalean pero mi mente... Cletea... se siente débil, impotente, inútil... el calor derrite... la tierra rojiza se me pega en las piernas. Mis pensamientos empiezan a jugar. ¿Soportaré? Pienso cosas mientras penetro en el bosque de la sabana... es parte del deporte, pensar... pensar tonterías, sobre todo si estás agotado y el sol te aplatana ... te conviertes en un plátano triturado aplastado sobre el asfalto. 

Hasta que encuentro la bandera de “llegada”. Chez Cocó. Un negro togolés que la hizo en su pueblo. Se fue unos años a la capital Boméy a trabajar de contador y después de reunir algo de dinero regresó a su pueblo que no recuerdo... los nombres me parecen casi siempre iguales de los pueblos,  y construyó una casa con un jardín y un cerco. Le pedimos que nos aloje dentro de su territorio y nos dice que sí. Nunca había visto una persona tan amable, el togolés Cocó con su mujer y sus dos hijos, tan correcto y bien lavado, nos presta su baño, un hueco, su ducha africana, con un balde de agua, nada más.

Pero qué más necesitamos, digo yo? La vida puede ser tan simple como un hueco, un balde de agua y un cerco alrededor de la casa, por el que todos pueden mirar. El lujo es un bien acomodado, adquirido a merced de la comodidad... aquí nada de lujos, hay que buscarlos en uno mismo, más.

viernes, 13 de enero de 2012

Benin


Ella es una mujer sin nombre. Tiene 12 años. Es delgada, alta, los pechos apenas formados, el rostro, su inocencia. Ella está sentada en una de nuestras mesas en el campamento. Ella es una niña del pueblo. No quiere decirme su nombre cuando se lo pregunto, pero me cuenta una historia.

-Yo me escapé de mi casa -me dice, coge un tenedor con toda la mano, se lleva unos tallarines a la boca – y vine aquí.

Yo la miro, no le digo nada, Ellen – la cocinera- nos ha preparado unos tallarines a la bolognesa. En la mesa tenemos también una ensalada y vino para compartir. La chica está a mi lado, le pregunto: “¿por qué?”.

Esta tarde hemos llegado a un pueblo en Benín llamado Bukumbé. Hace poco que cruzamos la frontera y entramos a otro territorio. No sé en qué se diferencia, pero este nuevo país tiene algo ajeno a Burkina Faso. Los guardias en la frontera, vestidos en trajes caqui, medio adormecidos por el calor, metidos entre cuatro paredes de carrizo, nos miran, apuntan nuestros nombres en un cuaderno de notas, nos estampan un sello en el pasaporte y nos dejan pasar. Me sobresalta su dejadez, ese aire a plátano triturado que flota en el ambiente.

-Mi padre quería casarme con un viejo –me cuenta la chica.
-¿Por eso te fuiste?
-Un hombre casado con seis hijos, por eso me escapé.

Ella prueba otro bocado. Los ciclistas que están en mi mesa la miran, no dicen nada, nadie sabe qué decir.

-¿Y qué edad tiene el tipo?

Benín tiene el mismo paisaje que Burkina: bosque seco, acacias, baobabs. Hay algunos aspectos diferentes, los pueblos tienen construcciones de material noble y los niños son menos tímidos que en Burkina. Salen corriendo a pedir cadeau (un regalo), en los refrigerios se acercan a mirar qué estamos haciendo, sin roche ni más.

-Treinta y cinco –me dice.
-¿Treinta y cinco? –me parece joven, en mi sistema no cabe una persona mayor de esa edad, quizás porque yo también me hice mayor y en otros países esa es la edad actual del matrimonio. No a los doce, trece, catorce. Sus padres eligen a sus futuros maridos por conveniencia, para enlazar a las familias, para pagar alguna deuda, para no morir en la miseria

Me imagino a un hombre de mi edad cortejando a una niña de doce años. Lo escucho y no lo creo. Ella se escapó de casa al empezar su pubertad.

-Quiero estudiar, no quiero el mismo destino que mis hermanas, es así como llegué aquí.

Aquí, dice, a la casa de una familia de holandeses que vive en Benín a pocas horas de su pueblo. Ella sabía que Marion la ayudaría, ella refugia a muchas chicas en su casa, las ayuda a educarse, a mejorar su autoestima, les enseña a ser enfermeras, administración, laboratorio, fundó una posta médica para ayudar a las mujeres parturientas, a tratarse de la malaria, el sida,
“El sida es un tabú en África, nadie habla de ello, pero hay mucho contagio”, dice Marion. Los hombres tienen entre dos y tres mujeres. Las mujeres entre seis y diez hijos. “La gente necesita salud y educación, y eso es lo que les damos”.

Cuando la chica sin nombre llegó donde Marion, tuvieron que enfrentarse con su padre. El padre de la chica un hombre de unos treinta y tres años llegó dispuesto a llevarse a su hija. Después de una larga pelea y de varias discusiones, Marion convenció al padre de dejar a su hija estudiar.

-Es que mi padre tenía una deuda, por eso me quería casar.

Me quedo callada.

Marion la holandesa consiguió dinero para pagarle los estudios a la chica sin nombre , y no es la única, hay otras cinco chicas refugiadas en su casa. Mientras pueda hacerlo, lo hará. Su fundación “Aktie en Benín” ...







Siempre pensé que mi continente era el más surreal de todos, donde sucedían cosas imposibles de imaginar, donde la realidad superaba a la ficción. Pero aquí en el África la realidad sale de mis esquemas mentales. Los vehículos cargan el doble de cargamento que en mi país, las motos llevan cuatro a cinco pasajeros, sin ser mototaxi o tuktuk; las mujeres no sólo cargan niños a la espalda, también cabras, gallinas, chivos; las carretillas no sólo transportan ladrillos; también vacas, cerdos, carne y pescado. Las mujeres cargan veinte litros de agua sobre sus cabezas, caminan kilómetros, preparan la mandioca, cortan la leña... un continente que sobrepasa mis esquemas, que me saca de cuadro a cada kilómetro mientras pedaleo.

Quizás en eso consiste el África. No es un continente con monumentos famosos como Machu Picchu ni con ciudades históricas como Buenos Aires o el Cusco. Simplemente es su gente. En eso radica su encanto. Hay gente en todas partes, salen a borbotones como las hormigas. Paramos a medio camino para ir al baño y ya tenemos que estar mirando por si acaso no nos vayan a ver. Escondernos bien detrás de un arbustro.






Año Nuevo. Didier, el enfermero del grupo, maneja el camión de apoyo del tour, un belga con alma africana que sabe leer muy bien el pensamiento de los benineses. Habla buen francés, trabaja para las Naciones Unidas y es un experto en enfermedades tropicales. Didier elige siempre los mejores lugares para acampar. Me dice en secreto que busca áreas seguras, donde hay gente, porque los bandidos en África asaltan en las carreteras.

Es año nuevo y yo sólo quiero pasarla bien, recibir el 2012 de una forma diferente.

Didier elige un pueblo llamado Ananda. Estaciona el vehículo del tour, un viejo camión de bomberos, un mercedes alemán, al lado de una iglesia católica. ¿Podemos acampar aquí? ¿Somos bienvenidos?

Aquí en el África occidental la religión mayoritaria es la musulmana. En cada pueblo hay una mezquita; pero en algunas regiones, como en ésta, también hay cristianos que creen en dios y en la virgen y que cantan aleluya. Nunca he visto tantas iglesias juntas. La católica romana, la evangelista, la baptista, compiten entre ellas para ganar adeptos. Ver iglesias me hace sentir de algún modo en casa. Entrar a la ‘casa de dios’ es sentirse seguro de alguna forma.

En Ananda acampamos al lado de la parroquia, el padre, un negro vestigo de toga blanca nos permite utilizar uno de los baños de los sacerdotes, para ducharnos. Las carpas se esparcen debajo de un bosque de eucaliptos. Ellen cocina aquella noche frijoles con arroz. Didier intenta mantener el orden, pues muchos niños vienen a observarnos.

A media tarde, el pueblo de Ananda celebra el último partido de fútbol del año. Se enfrenta a un poblado vecino. Sus camisetas son de “flying emirates”. No es que hayan auspiciado el partido, son de segunda mano, traidas en un container desde europa y revendidas en este continente.El arco de fútbol es más pequeño del que normalmente conocemos. De dos metros de ancho y uno de alto, para niños. Pero eso importa poco a los futbolistas. Meter un gol es difícil, no un imposible. El pueblo entero se congrega alrededor de la cancha de fútbol. Esa es su distracción, no la única, también estamos nosotros.

Ananda –el pueblo- consigue marcar dos goles y llevarse el trofeo del año.

A la hora de la cena unos niños no nos dejan de mirar. Nos observan comer, lavar los platos, ordenar nuestros utencilios. Ellos están allí, son unos veinte niños y niñas que se divierten con nuestras costumbres, quizás ajenas a ellos. Es un poco raro comer siendo observados.
A la hora del café, los niños nos sorprenden con un canto. Se reúnen alrededor nuestro y empiezan a cantar alucinantemente. Su voz es tan poderosa. Cantan en francés algunas canciones cristianas. Escucho por allí la palabra Jesús. Sin duda, la música, el canto es parte de su cultura.

Unas horas antes de las doce de la noche, vamos al bar local del pueblo –de la hermana del párroco. Allí Didier me presenta a un señor que me invita unos vasos de cerveza. Se emociona al saber que soy sudamericana. Después vamos a la iglesia del pueblo. Nunca había visto yo una iglesia con tanta gente. Al lado del altar un coro canta hermosas melodías acompañadas de unos tambores africanos. Van a ser las doce de la noche. El padre oficia la misa de una forma diferente a la que conozco. Los cantos le dan ese misticismo especial. Primero es la hostia, luego el padre nuestro, pero no importa, el padre cuenta los minutos antes de la medianoche. Las doce en punto. La iglesia retumba cuando suenan las doce campanadas del año. Año nuevo. 2012. ¿se acabará el mundo?, me dice alguien por allí. Besos y abrazos entre los asistentes.

Al final de la misa, el padre invita a Didier a salir adelante. Todos nosotros, los ciclistas, lo acompañamos. Didier dice unas palabras en francés y le desea al pueblo un feliz año. Todos lo aplauden. Creen que es un misionero. Luego, unos parlantes delante de la iglesia saltan a alto volumen. Bailes y música del pueblo. Una excelente forma de continuar la noche.

Despierto en mi carpa, rodeada de gallinas y pollos que caminan alrededor de la parroquia. Miro la hora. Las seis de la mañana, año nuevo en mi país. Feliz año, pienso, en quienes celebran en Perú. En año nuevo todos somos iguales bajo el sol pero en diferentes horarios.











Montar bicicleta bajo cuarenta grados de calor. Me pongo a pensar en una profesora de español de colegio en Holanda. Las cosas en las que pensamos cuando estamos en bicicleta. Dicutiéndome si se dice montar bicicleta o andar en bicicleta. Yo había dicho alguna vez en la clase que se anda en bici. La profesora protestó: “es montar bici”, me dijo, como si sólo existiese una forma de decir las cosas en mi idioma. Me quedé callada, mi reacción cuando no estoy de acuerdo, y le dije que claro que sí, que es montar, andar, ir, correr... en bici... varias formas de decir lo mismo.

Andar en bici es pedalear, ese verbo. En holandés existe un verbo para la acción de montar bicicleta “fietsen” y en el inglés también, “cyling” o “biking”:

Yo bicicleteo, bicicleteo que bicicleteo, ese lenguaje traducido al ejercicio mecánico de empujar las piernas, como un motor, una tracción que le da velocidad.

Imagínese andar cien kilómetros en línea recta. Cinco horas sentados sobre el sillín negro si consideramos unos veinte kilómetros de promedio por hora. Antes, no me lo hubiese imaginado , pero montar cien kilómetros todos los días es posible para el cuerpo humano. Algunas personas piensan que ése es un extremo: cien kilómetros por día, pero existen extremos más extremos a los que puede llegar nuestro estado físico. Los que hacen triatlones, por ejemplo, 180 kilómetros en bici, 5km nadando y 41 km corriendo en un día: ese es un extremo.

En el grupo hay una pareja de holandeses que están en el extremo. Ella una maratonista consagrada. Este año corrió 10 maratones. Él un triatlonista. No sé si soy partícipe o si estoy en contra de esos extremos. Yo recorro cien kilómetros diarios en bici, cuando puedo, pero obsesionarme con que no debo tomar café porque me deshidrata o un vaso de alcohol, no llego a ese límite. Simplemente disfruto del paisaje, de mi velocidad, de mi tiempo, reniego cuando me canso, me detengo a tomar una cocacola cuando tengo sed, me lo tomo con calma y sigo adelante.

Montar bicicleta en África es un extremo. Cuarenta grados de calor, caminos en línea recta. Parece que no acaba. ¿A quién le gusta montar bicicleta aquí? No todos los participantes pueden con esa responsabilidad. No todos saben lo que es llegar a ese extremo. Nunca imaginé que llegaríamos aquí. Nos agotamos y lo primero que hacemos es tirar la bicicleta a un lado y profiar contra ella.

-¿A qué has venido al África?, le pregunto a un inglés de sesentaiseis años.  
-Por la aventura, pero....

No imaginó que se iba a encontrar consigo mismo, y que no le iba a gustar sus propias debilidades, un golpe cercano al ego. Cuando la organización del tour hace huevos duros en el desayuno, reniega. Tomates frescos, no me gusta. Patatas fritas, aún menos.

-Estas en el África –le digo- tienes que aceptar las cosas tal como son.
-Pero no lo soporto, me dice.

Hay quienes tienen hambre. Que extrañan una chuleta de cerdo o de res. Otros, un café. Yo prefiero no echar nada de menos. Sé que es momentáneo y que llegaré a la meta.

Sí,  debo confesar, es como una droga, eso de andar o montar la bicicleta: tu cuerpo te lo pide, lo necesita, o sino caerás en la desesperación del letargo, en el pesimismo de la nada.







1 de enero, año nuevo. Una trocha complicada en el interior de Benín, que se dirige hacia Porto Novo, su capital. Nosotros evadimos las largas carreteras y el asfalto, nos metemos entre las trochas y terminamos atravesando pueblos perdidos que no han visto turistas o blancos. Esta región del África cree en el vuduísmo y el fetichismo, y en Año Nuevo haremos un viaje a través del tiempo.

Antes de salir de Ananda, experimentamos una especie de sincretismo religioso. El cura del pueblo se acerca a Didier para decirle que acaba de ver un búho ulular en uno de los árboles de mango. Eso trae mala suerte, dice. Y si es en año nuevo, peor.

Kilómetros después de una trocha descuidada, llena de baches y huecos, visitamos al chamán del pueblo de Taneka Koko. El tipo viste solamente un calzoncillo negro. Sale a recibirnos al pie de un árbol de baobab, fumando carbón de una pipa.

Lo curioso de este pueblo es que por todos lados se observan objetos extraños. Animales sacrificados: ranas, cabezas de carnero, cuernos de vacas. El tipo nos lleva a una casa circular. Nos explica que allí están enterrados sus muertos. Cada chamán tiene un lugar en esa casa circular. Allí se hacen los pagos a la tierra.

Sus creencias no se diferencian mucho de las nuestras. Pago a la tierra, entierro de sus ancestros acompañados de objetos que los ayudarán a sobrevivir en el más allá. Uno de los pobladores nos explica que los entierros duran una semana más o menos, y que se bebe mucho, muchísimo, un aguardiente que preparan en la zona.

Continuamos ruta hacia el sur. Tenemos que buscar un lugar para acampar. Un camino al lado derecho de la vía principal nos dirige a un puñado de casitas escondidas entre unas plantaciones. Didier tarda en convencerlos de que nosotros sólo queremos comer y dormir en un lugar seguro. Armamos la cocina debajo de un árbol de mangos (llenos de murciélagos).

Este poblado es sorprendente. Las mujeres caminan con sus torsos desnudos. Tienen estrías en la cara, una marca de nacimiento que los distingue de un grupo del otro. Sus senos cuelgan hasta el ombligo. Hay muchísimos niños.

Después de la cena, uno de los mayores del pueblo saca un instrumento musical fabricado con sus propios recursos. Un violín de una cuerda. Empiezan a tocar y cantar de la nada. Nunca habían visto luz en el pueblo (luz de nuestro generador), nos reciben con alegría y cantan hasta la medianoche, momento en que Richard, el mecánico del grupo, les regala juegos artificiales.

Las luces y colores impresionan.






Lariam. Instrucciones de uso: una pastilla de color blanca que se puede dividir en dos o en cuatro, si desea. Se debe tomar una pastilla por semana a la misma hora. No es mucho, una vez por semana. En el internet dicen que puede llevar al homicidio y al suicidio. Depresiones extremas. Sueños extraños. ¿Una especie de droga?  Su componente principal es el mefloquine.

Mi experiencia con la pastilla no es mala. Muchos le tienen terror. Hay quienes creen que produce enfermedades psicopatéticas.

Yo no la siento. Llevo siete semanas tomándola y todavía no alucino. Todo para protegerme de la malaria, esa enfermedad que lleva al delirio.

jueves, 5 de enero de 2012

¿Por qué pedaleo en Africa?



LLEGO AL AFRICA a montar bicicleta, con un grupo de veinte personas.

-¿Montar bicicleta?, me diría una comparñera de trabajo en Holanda.

Cinco mil quinientos kilómetros en bicicleta a lo largo de la sabana desde Dakar (Senegal) hasta Accra, la capital de Ghana. 

-¿Y para qué te vas hasta allá a montar bicicleta?
-Porque me gusta viajar en bicicleta.
-¿Pero en el África?

Allí sí que no sé qué responder. Imaginarme pedalenado en el África, en medio del calor, en un continente tan lejano, tan olvidado.

Es difìcil montar bicicleta en el África. Parece fácil porque es plano, pero recorrer ciento veinte kilómetros diarios a cuarenta grados de calor, es puro estado mental.




CONFIESO QUE ME cuesta entener al África, quizás aceptarla. Llevo ya varios días pedalenado y el hecho de ver a las adolescentes embarazadas me conmueve. ¿A qué edad empieza su reproducción? Las mujeres siempre andan por las carreteras cargando leña, bidones de agua, comida sobre sus cabezas (mirar cabecera). A veces las veo preparando la mandioca, limpiando el piso de sus casas, dándole leche a sus hijos. En un pueblito leo un letrero que dice “no a la circuncisión de las mujeres”, en otro veo a una de ellas cargando a un bebe a la espalda, con otro en la mano y embarazada. Su destino ya está marcado: a los quince serán entregadas a sus futuros maridos (elegidos por sus padres), les harán la circunsición, a los deiciséis dan a luz a su primer bebé. Los hombres tienen una o dos o tres mujeres. Eso es normal aquí. Los hombres están sentados mirando cómo trabajan y dan a luz, pocas veces se les ve cargando algo sobre sus cabezas. ¿religiòn? Me pregunto por qué ese destino tan marcado del sexo femenino? ¿Por qué esa sumisión y entrega absoluta al marido? ¿Dónde empezó todo esto? ¿Cuándo, cómo? Difícil entenderlo, yo como mujer, difícil aceptarlo. Yo las saludo cuando paso en la bici. Ellas me miran sonrientes. ¿En qué pensarán?





HOY ES EL DíA más difícil. Mucha gente me pregunta por qué hago esto o por qué hacemos esto nosotros los fanáticos ciclistas. Hoy es de esos días en los que me pregunto el por qué y no sé qué responder. Somos veinte personas en medio de la sabana pedaleando en línea recta hacia la frontera con Benín. Felizmente tenemos dos vehículos de apoyo que nos acompañan y preparan el campamento. Las noches las pasamos durmiendo en nuestras tiendas de campaña, en donde caiga el día, y comemos lo que la cocinera de la organización nos cocina.

-¿Y qué van a comer? –pregunta mi compañero de trabajo días antes de que despegue hacia Ouagadougou.
-Lo que encontremos en el camino...
-Pero si allí no hay nada.
-Estamos llevando suficientes municiones.

La cocinera del grupo se llama Ellen. Ellen es una gran cocinera adaptable a las circunstancias. Prepara desde pasta a la boloñesa hasta arroz con pollo y sopa de calabaza. Para ella esto es también un reto porque a lo largo del camino no hay mucho qué comprar. A veces plátanos, maíces, en alguna parte he visto papas. La gente aquí se alimenta de pescado y mandioca. Su dieta diaria.

La bicicleta tiene un poder potencial , una rareza, de aquellos que te atrapan y no te dejan. Como hacer el amor. Pedalear es un movimiento vicioso como la droga, uno empieza y no lo deja, la sensación de libertad física y mental acapara: el ritmo del pedal, el cansar tu cuerpo, el retar a tus piernas... el cansancio que producen los deportes de fondo producen la dopamina... una forma de estar dopado.








Safari

Safari sobre el techo de una combi


Bufalos africanos


Ninos

Lo primero que me llama la atención del África es la cantidad de niños. Los niños salen de todas partes, te persiguen, te llaman, te gritan con un entusiasmo que acapara. Pueblo por el que pasas pedaleando, pueblo del que salen niños corriendo y gritando yeeee unos detrás de otros como en maratón, algunos calatos, vestidos en camisetas, en calzoncillos, con vestidos largos, con pañoletas o con burkas, cabellos cortos, al ras del cuero, como el presidente Obama, en miniatura, de todas las edades, levantan tierra y gritan cadeau cadeau... argent argent... je me donnez un velo, bon arrivéz. Nunca he visto tantos niños juntos.


Ayer me detuve en un pueblo a tomar una cocacola después de pedalear sesenta kilómetros en trocha. Niños de no sé dónde aparecieron a mi alrededor. Me miraban como a una extraterrestre. Yo le pedí una cocacola bien helada a la dueña de una tienda y me senté a una mesa para beber. Los niños no dejaban de auscultarme, ¿me analizarían? Cada vez llegaban más y más de todas partes. ¿Cómo han podido procrear tantos? Cuento unos treinta niños. Sus ojos blancos me miran felices. Yo los miro con una sonrisa. ¿Esperan que les diga algo?

Navidad en Africa

Mañana es navidad. Nunca imaginé pasarla en el África. Cantndo jingle bells en el desierto. Pero en Ouagadougou también se celebra.



El 25 de diciembre es mi primer día en bicicleta. No pienso en la navidad. 130 kilómetros. A medio camino se me revienta la cámara de la llanta trasera. Ni modo, a repararla yo misma. De pronto aparecen seis niños de diferentes edades. Los miro. Tienen sus barrigas hinchadas, caminan con el torso desnudo, uno de ellos tiene un t-shirt usado del Barcelona, a la espalda dice Messi. Dejo de concentrarme en mi bicicleta e intento buscar con la mirada el lugar de donde han salido estos pequeños. A lo lejos veo una casa de forma circular del mismo color que el desierto. Hay una señora con otros dos niños, uno en brazos. ¿Serán una familia?

Horas después leo que en Burkina las mujeres tienen un prmedio de 7 hijos. Yo conté ocho niños en esa familia a lo largo de la carretera.

La navidad la pasamos unos kilómetros después de allí acampando debajo de los baobabs, al lado de tres casas con sus familias numerosas. Ellen cocinó frijoles con tocino y arroz e invitó a todo el pueblo a cenar con nosotros. Terminamos jugando al baseball con los niños del pueblo. Todos absolutamente todos aprendieron a hacer homerun. Luego, las mujeres –madres e hijas- hicieron una ronda y danzaron el baile de la reproducción. Se pusieron a cantar sin instrumentos, solo su voz, y a bailar golpeándose las caderas, unas a las otras, felices de la vida, con sus bebés a la espalda.

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